Podría ir a lo sencillo, hacer acopio de una larga lista de sinónimos que enaltezcan Hijo de la luz y de la sombra. Resultaría sencillo, al fin y al cabo, Pepe es amigo, se le quiere y admira. Pero lo que tuve la fortuna de presenciar precisa algo más que el halago fácil.
Un montaje teatral que recorre la vida del gran Miguel Hernández desde la sobriedad y la humildad de la que siempre hizo gala el poeta. Altura dramática cuando era preciso, pero sin alardes, prescindiendo de estériles aspavientos para conseguir una dolorosa quietud. Dolorosa empatía la lograda por unos actores mayúsculos, que supieron interpretar al de Orihuela desde un franco y emotivo respeto. Magistral el dominio del tempo al recitar, la pausa exacta, la dicción precisa para clavar con hondura la poética propuesta entre los asistentes, como si de un gualicho enardecido se tratara. Emoción adolescente del que escribe ante un sobrecogedor Niño yuntero. Inquietud abierta la de mi hijo ante la Elegía a Ramón Sijé.
Como lector adicto de Hernández sólo tengo un deseo, permanecer en una circular pausa poética en aquel escenario donde Miguel se hizo voz segura y mineral, verso de carne joven, lágrima revolucionaria y firme de un pueblo, que como Macondo, quizás sólo exista en mi imaginación y en la de algunos corazones fraternos.
Al terminar me firmaron el programa, todo un tesoro de quienes me dieron la mejor noche de un aciago 2010.
Tengan todos mi más honda admiración.
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